Vine hasta aquí porque sabía que acá, precisamente, la encontraría. Y ahí está, más bella y misteriosa de lo que recordaba o imaginaba. No lo sé. Pero de pronto se me revela ese rostro extraordinario de conmovedor encanto. Me acerco despacio, con respeto, con devoción y, mientras lo hago, siento que todo en mí se trastorna. Estoy frente a ella y me parece que me mira desde más allá de sus tres mil quinientos años; que, a través de ella, me observa la eternidad. Pero, en realidad, son mis ojos los que la recorren y, desde ellos, la agitación intensa de mi alma que se conmueve intuyendo a esa mujer viva en otros espacios, en otros tiempos, desde donde me asalta este presente para subyugarme en esta sala solitaria, sin tiempo ni espacio. Pienso ¿te hace justicia la mano del artista que transmutó tu forma humana en eternidad? ¿Es la calidad del arte la que te hace inmortal o es tu belleza aquí representada la que inmortaliza al arte? Hay, en esta materia aparentemente inerte, resplandores de tu vida, mensajes, aromas, palpitaciones, sonrisas crueles.

Me pregunto si te hicieron de memoria o si temblaron ante tu deslumbrante presencia como yo ahora, ante esta lejana representación. Me pregunto si es suficiente la combinación de formas de la nariz, de los labios, del mentón, del cuello, para exaltar mi noción más profunda de la belleza absoluta, o si es porque desde esas formas se insinúan actitudes, pasiones, rituales secretos. No imagino escenas, sino que me asaltan, como fulgores, instantes y espacios de su carne viva. No me basta sentir que ella es la mujer más bella de todos los tiempos; no es el juicio estético el que me sacude, sino una honda sensación de que ella es todas las mujeres; la suma y la síntesis, la muestra de los dioses para hacernos intuir que siempre perseguiremos un sueño y que esa búsqueda inagotable es la condenación a través de la belleza que es inalcanzable.

¿Qué es lo que me subyuga de ella a pesar de haberla visto representada en millones de medallitas que cuelgan en el cuello de otras mujeres, no tan bellas, no tan inquietantes? Siento que todo razonamiento es insuficiente y me asalta una enorme inquietud. Hay en esa terrible armonía una emanación de poder. Pero no pienso en ejércitos imperiales sino en la magia que nutre las formas para que en una alquimia misteriosa de efluvios y moléculas la forma se haga mujer. Sé que no bastan las líneas, masas y proporciones para construir la belleza, sino que ésta se hace posible mediante el misterio, que la pasión del espíritu creador agrega a la forma. Pero no sé si es mi espíritu el que agrega visiones, o si la mano que creó la forma pudo aprehender y plasmar algo que emanaba del alma de la que intento imitar. La belleza verdadera no es sólo presente sino, sobre todo, promesa. La que está frente a mí, vive: debajo del barniz, del color, del estuco, se agitan risas, miradas, actitudes, andares. No soy sólo lo que ves, sino lo que a partir de tus ojos sientes e intuyes. Soy una diosa y es tu contemplación donde se instituye mi inmortalidad, me dice.

¿Cómo fue, cómo es ella en realidad? ¿Por qué me dice tantas cosas inconclusas que son como un soplo de luces que reverberan fugazmente y se extinguen en mi corazón? La he mirado desde todos los ángulos: de adelante, en tres cuartos, de perfil, de atrás; la frente, la nariz, los labios, el ojo estrábico. Estoy anonadado, estoy arrasado, y noto latir mi corazón con enorme violencia. Me siento un poco triste porque la razón no me consuela con la limitada realidad de este espacio-tiempo en que transcurre mi vida. Una sensación indefinible como de haber perdido algo me araña el espíritu.

Pero aquí estoy, frente a ella. Sé que la he amado desde siempre, sé que la sigo amando. Pero también sé que nunca será mía, en realidad. Y ella sigue frente a mí, mirándome, esbozando apenas una sonrisa, demasiado sutil, que no llega a lastimarme. Creo que disfruta de mi contemplación, de mi arrobamiento. Pero yo estoy aquí, en otro tiempo, tres mil quinientos años después de su muerte y ella es solamente, aunque mucho más, el busto de Nefertiti en el Aegyptische Museum de Berlín.

 

Por Andrés Canedo

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