Todos los días muere un carpintero.

Sus deudos

guardan durante años

la gubia y el formón,

la escuadra y el serrucho,

el encastre y la lima.

Después el tiempo pasa

y arrincona las herramientas

contra la húmeda,

presencia del olvido,

no se puede guardar

objetos que recuerden

a la muerte

porque la vida sigue

y llegan otras vidas.

 

Todos los días muere un campesino.

Sus hijos o sus nietos

guardan en un galpón

el viejo arado,

las botas altas de recorrer,

los surcos,

el rastrillo,

la segadora

que se oxida desafiando el techo.

 

Seguramente

en cada profesión y en cada oficio

muere alguien cada día.

Yo me pregunto:

¿Qué se puede guardar cuando un poeta se va y los creyentes

sienten que emprendió algún vuelo?

¿Qué dejarán intacto los agnósticos?

¿Habrá que encerrar en algún mueble

las palabras que usó?

¿Será importante ordenar las palabras

en su mismo orden?

¿Tiene garantizada la inmortalidad?

O el espejismo de la trascendencia

Nos impide saber

Que el final es final

Y en el costado frágil

Solo nos pesa la supervivencia.

 

Por Beatriz Puertas

Articulos relacionados

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *