Miré el reloj colgado en la pared de la cocina, marcaba las 7 de la tarde; era tiempo de ir pensando en preparar la cena. Una comida rápida, poco elaborada… no tenía demasiadas ganas de cocinar nada en especial… ¿Qué sentido tenía?

Sabía que esa noche tampoco volvería a casa temprano. Últimamente se había tomado esa costumbre, dedicarse más tiempo a los negocios y menos al hogar. Pero, ¿de qué hogar estoy hablando?… Poco a poco fuimos perdiendo comunicación, contactos, emociones, encuentros, por infinidad de motivos, aunque sean pequeños o de ínfima importancia ¿Por qué? ¿Dónde nos habíamos equivocado? ¿Dónde estábamos fallando?

Me senté en el borde de la cama. Se me ocurrió pensar que hasta ese refugio ya no nos resultaba cálido y estremecedor como antes. Estábamos aislados, como en mundos diferentes, con problemas incompatibles que no nos decidíamos a compartir, ni siquiera lo planteábamos para buscar posibles soluciones.

Volví a preguntarme, ¿por qué no hallaba respuesta por más que la pregunta retumbaba como un latigazo?

Necesitaba despejarme, salir a tomar aire, caminar, pensar. De pronto me di cuenta que hacía mucho que no recorría el barrio sin el apremio de las compras para la casa. Miré a mi alrededor y recordé la última vez que paseamos junto: fue un domingo, de mañana temprano, cuando el sol apenas entibiaba la piel y los ojos se nos llenaban de luz por sólo mirarnos y… hacía tanto tiempo. De sólo pensarlo comencé a lagrimear y la impotencia me llenó de rabia.

El aire estaba fresco y no invitaba a un largo paseo. Entré en un bar para reconfortar mi alicaído espíritu que comenzaba a derrumbarse entre el frío y mi incertidumbre.

Pedí un café cargado y bien caliente. Necesitaba pensar, clarificar mis ideas, ordenarlas. Revolví el café como autómata, distraída. Miré los transeúntes a través de la ventana del bar. Algunas parejas caminaban abrazadas brindándose caricias y mitigando el frío. Algunos niños se aferraban con fuerza a la mano de sus padres para sentirse protegidos… ¿Por qué no habíamos tenido hijos? Tal vez ellos hubieran podido unirnos más… quién sabe, nunca nos lo propusimos. ¿Y ahora cómo podía torcer el curso de los acontecimientos? Tal vez demasiada monotonía nos estaba agobiando ¿Qué podía provocar algún cambio?

De pronto, frente a mis ojos, un cartel luminoso me hizo pensar. ¡Un gimnasio! No me vendría mal un poco de gimnasia, me ayudaría a modelar la silueta y a la vez me entretendría. Pagué el café y me dirigí al gimnasio para averiguar turnos y precios. Casi sin darme cuenta me inscribí para dos clases semanales de 20 a 21 hs. Comenzaba al día siguiente.

La clase estaba bastante concurrida. Éramos casi 20 mujeres. Al finalizar me sentí exhausta. Claro, después de tanto tiempo los músculos estaban adormecidos por la falta de costumbre. La ducha me alivió un poco. Al salir, empujé por apurada al profesor. Sin embargo me miró con dulzura y al sonreírme dijo:

– Lo siento, estaba distraído. ¿Puedo disculparme con una taza de café?

– No, gracias, tengo prisa, tal vez en otra ocasión -y al decir esto creo que me ruboricé y él se percató que trataba de esquivar su invitación.

Caminé con paso rápido las cinco cuadras que me separaban de casa. Pensaba en la propuesta del profesor y en mi infantil respuesta para salir airosa.

Al llegar a casa mi marido estaba esperándome

– ¿De dónde venís? -me preguntó con cara entre preocupado y asombrado.

– Del gimnasio. Me anoté dos veces por semana: martes y viernes de 20 a 21 hs. -respondí con total naturalidad.

No sé si me creyó o no le interesó. La cuestión es que no volvió a mencionar el tema. Me sentía indignada. Hubiera preferido una escena de celos aunque sea sin fundamentos antes que su indiferencia.

Cenamos casi en silencio, salvo algún que otro comentario de su trabajo. Sólo de eso se hablaba, de sus proyectos a concretar, de sus viajes a realizar. De mi trajín diario, no había novedades importantes para destacar, ya estaba todo dicho y sobrentendido.

Volví a la siguiente clase y a la salida el cansancio fue menor, pero no había disminuido el interés de mi profesor, quién volvió a formularme la invitación. Me sentía confusa e indecisa. ¿Qué podía perder? Nada que yo no quisiera, pensé. Decidí aceptar.

Me contó de sus viajes de aventura con divertidas anécdotas, su infancia en Rosario, sus proyectos de tener su propio gimnasio. Cuando quise darme cuenta habían pasado casi dos horas, Me alarmé pensando si mi marido ya habría llegado. Me excusé con un compromiso y quiso acompañarme

  • No, por favor, no te molestes -le dije

Insistió hasta que mi negativa logró convencerlo. Nos despedimos hasta la próxima clase y tuvo el atrevimiento de besarme sin que pueda evitarlo. Me quedé paralizada. Lo miré fijo y no atiné a decir una sola palabra. Ante mi silencio el comentó: – Me gustás mucho Beatriz, y creo que también te agrado bastante. Cuando te besé, tu piel se encendió, te sentí vibrar. Sé que sos una mujer casada, pero eso no me molesta; tampoco me impide desearte, al contrario, te hace más… apetecible.

Ya no quise seguir escuchando más. Me di media vuelta y sin decir mediar palabra me separé con brusquedad de esos brazos que no querían soltarme. Sentí sus ojos sobre mi nuca y su voz llamándome. Preferí no mirarlo ni responderle.

Llegué a casa con una mezcla de sensaciones, como de aturdimiento, y pensé que lo mejor sería no volver a la clase.

Mi marido estaba leyendo el diario y me saludó con la misma frialdad con que saluda a nuestro perro. Todo estaba igual, o casi. Yo me sentía peor que nunca, más aturdida y desesperada. No sabía si estaba más confundía por la situación vivida con el profesor o por la marcada apatía de mi marido ante todo lo que a mí concernía. ¿En qué iba a terminar toda esta indiferencia? ¿Por qué no habrá un gesto de interés o curiosidad por mis actividades? ¿Qué valor tenían para él mis sentimientos o actitudes de querer modificar nuestra gastada rutina? Ninguno. Nada producía en él reacción alguna. Me sentía perdida dentro de mi casa y de mi mundo interior, sin alternativas, sin salida, sola, tremendamente sola.

 

Llegó el día de la clase de gimnasia y aún no había decidido si debía concurrir, si debía continuar. Entré en el bar que estaba frente al gimnasio para darme tiempo y pensar con claridad. Volví a pedir un café bien cargado. Por más que pensaba no podía hallar una solución Me sentía abrumada por todos los acontecimientos vividos. Salí del bar y caminé dando vueltas, como daba vueltas mi cabeza, y mis ideas giraban golpeando en tropel. De pronto me encontré en la puerta del gimnasio parada, sin saber qué hacer. Miré el reloj y conjeturé que la clase ya debía haber concluido. Mejor, pensé, es mejor así.

Una voz a mis espaldas pronunció mi nombre. Me paralicé. Giré sobre mis talones y lo vi. Estaba allí parado con una temerosa sonrisa y los ojos húmedos y brillantes. No podía salir de mi asombro. Se acercó con timidez y me entregó un bellísimo ramo de rosas rojas. Entre suspiros y murmullos, dijo:

  • Significan pasión… ¿Te acordás? Te lo dije el día en que te regalé por primera vez un ramo de rosas rojas. Son para vos, para mi única pasión, que estuvo dormida durante mucho tiempo sin saber por qué y de pronto hoy comprendí que te estaba perdiendo. ¡Perdón! Quisiera poder tener la oportunidad de recuperarte y recuperarme de tantos olvidos y desatenciones y…

Ya no lo dejé continuar. Le silencié la boca con un largo y profundo beso, mezclado con lágrimas y caricias. Nos tomamos de la mano y caminamos sin rumbo y sin prisa. La noche fue testigo del reencuentro. Una estrella fugaz se perdió en el cielo. Ambos levantamos la mirada, pedimos un deseo en silencio y… sonreímos.

 

Por Lidia Susana Puterman

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