“…Tú con uñas y con dientes, mirándome de frente con brillo de matar.

Yo, retrocediendo un poco, llenándome de un loco deseo de sangrar…”. S. Rodriguez.

 

9.10 hs.

Hola, bebé:

Hoy a la mañana te fuiste sin tostarme el pan, y vos bien sabés que a mí me gusta comer las tostadas calentitas. Además no encontré la mermelada, ¿dónde la dejaste? Ah, por último: por favor, pero POR-FAVOR!! las toallitas higiénicas no las tires en el hinodoro y, de ser así, dejáte de joder y tirá la cadena….

Un beso grande.

Tu mumimumi

 

9.23 hs.

Mi vida:

Las tostadas estaban calentitas y crocantes, sólo que una hora más tarde (que es el momento en que decidiste levantarte) el pan se enfría y humedece. No comprendo cómo no viste la mermelada, ya que era el único objeto que había en la heladera, pero puedo atribuirlo al estado de inconsciencia en que te encontrás durante toda la mañana. En cuanto a lo que me decís de las toallas higiénicas, no es mi momento del mes y por lo tanto no las estoy utilizando. Tal vez sean de tu madre. O algo peor… ¿Que otra mujer frecuenta la casa, mi cielo? Me gustaría encontrar alguna explicación racional a este hecho; no quiero disgustarme con vos tan temprano, tanto que te quiero.

Por último, amor mío: “inodoro” va sin hache. No te preocupes, siempre estaré aquí para corregirte.

Tu gatita Flora.

 

9.47 hs.

Bebé:

No estoy aún en posesión de todas mis facultades mentales, ya que, como bien decís, me lleva un tiempo hacerme a la idea de estar levantado y en mi puesto de trabajo. Sin embargo, turroncito, me pareció notar un cierto tono de ironía en tus palabras, no tanto en la parte de la mermelada y la heladera (que está bien vacía hace rato) sino en el resto de tu e-mail. ¿Se está gestando uno de tus ataques de celos infundados, loquita mía?  De más está señalar que ninguna mujer que no sea conocida por vos frecuenta nuestro nido de amor.  Y en cuanto a lo que suponés de mi madre, te recuerdo que tiene setenta años y es una dama muy pulcra. Pero las que te visitaron en la última semana fueron unas cuantas de tus amigas; tal vez alguna de ellas descuidó ese detalle.  Averigualo, porque no es una imagen de lo más agradable para contemplar.  Por último, ¿encontraste alguna falta de ortografía en este envío?  Si es así, te ruego que me lo hagas notar: me encanta ver cuán atenta estás a mis errores.

Tu gorrioncito.

 

10.35 hs.

Pajarito:

¿Tan temprano y ya alterado, chocolatín? Vislumbro un tono de cachorrito herido en tus palabras. Entiendo que te molesten mis correcciones, pero lo hago por tu bien, tontito. Ya te dije: se supera fácil si se pone atención. Pero no importa: igual estoy orgullosa de mi monstruito.

Hay algo que no me queda del todo claro: ¿hay un mensaje oculto en el párrafo en que mencionás a mis amigas? Me pareció que dudabas de su prolijidad.  Mi amor: ellas son tanto o más atildadas que tu progenitora.  Y sé muy bien que es septuagenaria: el dinero para abonar su última consulta con el geriatra salió de nuestro pecunio, pues nuevamente ninguno de tus hermanos pudo hacerse cargo.

Con respecto al asunto “celos infundados”, no quisiera remontarme al día en que apareció en nuestro hogar un corpiño que no me pertenecía y que, por supuesto, no era de ninguna de mis amistades. Tal vez lo olvidaste. No te preocupes, no es importante.

Por último, es verdad: la heladera está vacía hace rato. Me duele un poco la cabeza.

Tú maestra ciruela.

 

11.05hs.

Princesa Rusa:

Si hay algo que me emociona de vos es tu exquisito manejo del eufemismo: con diminutivos y apelativos tan cariñosos, ¿quién se daría cuenta de que me estás llamando “bestia”? Esa es una de las cosas que me enamoraron de vos: tú forma de insultarme sin que nadie lo note. A mí sólo me sale “’táqueteparió…”. ¡Siempre fui tan frontal y sincero! Y sencillo, clarito, sin vueltas.  Jamás alcanzaré tu nivel intelectual, pero sé que es precisamente ése rasgo de mi personalidad lo que te subyuga, ¿no es cierto, mi vaquita de San Antonio? Por eso no cambio y trato de perfeccionarme cada vez más para vos.

Nunca insinuaría que tus amigas son mugrientas: podría llegar a afirmarlo. Pero dejemos ese tema, pues tocaste otro más importante: opino que bien podemos abonar una consulta médica de mi madre de vez en cuando a cambio de pagar todos los meses el geriátrico de lujo donde se halla interna mi querida suegra. A propósito: ¿ya llegó el giro que desde hace ocho años está por enviar tu hermano desde Australia?

¿Debo interpretar algo en tu alusión a la heladera vacía? Sé que llevamos un largo tiempo sin poner nada en ella, pero no soy el único responsable.  Incluso te diría que hay una relación directa entre eso y tu “jaqueca”, que se está volviendo crónica pues te duele casi todas las noches. ¿Haremos algo al respecto?

¿Qué corpiño?

Tu Nahuelito

 

11.45  hs.

Godzilla:

Si hay algo que me emociona de vos es tu exquisito arte para hacerte el pelotudo. Hablo de la prenda que hizo que te mudaras tres días a tu casa materna, tesorito. Ese asunto fue el disparador de mis cefaleas. A propósito, me conmueve tu modo tan delicado de llamarme “frígida”. Pero sí, haremos algo al respecto: en la farmacia compré aspirinas para mí y unas lindas capsulitas azules para vos. “Viagra” creo que se llaman. Me dijo el farmacéutico que son excelentes. De nada, mi pequeño Pony.

Me alegra ver que te superás día a día. Tus metáforas son sencillamente brillantes: “vaquita de San Antonio” significa “gorda”, ¿no es cierto, mi Jorge Luis Borges?

En casa hablamos.

Tu María Kodama.

 

13.00 hs.

Yoko Ono:

En tantos años que llevo a tu lado he sido testigo de muchos de tus temibles estallidos de cólera; ahora estoy ante uno de ellos, lo sé. Jamás te llamaría “gorda”, mi esculturita de Botero. Y nadie, nunca, me hará creer que lo de las pastillitas es una forma de llamarme “impotente”. Pero me enorgullece sobremanera que me compares con el gran poeta, aquel que supo escribir: “No nos une el amor, sino el espanto. Será por eso que la quiero tanto”. Espero que te quede claro. Hablamos en casa.

Tu John Lennon.

 

Por Silvia Ortiz

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