Estaba en el otro extremo de la plaza, junto al monumento, reposando contra un imponente jacarandá. Por unos instantes lo distrajo la pasta lila que decoraba las baldosas e imaginó que en el fondo del otoño se escondía el alma de los artistas. Recordó una canción de María Elena Walsh que le gustaba a su hija cuando era pequeña. Mecánicamente, como si el pensamiento hubiese sido desencadenado por la canción, rememoró el momento en que él y Carola la habían acompañado a elegir la cortina del baño para su nueva casa. “El tiempo pasa demasiado rápido”, reflexionó.

Aquiles, el simpático pekinés al que asía por la correa, estaba tardando más de lo común en hacer sus necesidades. Blas miró su reloj pulsera y lo comprobó: faltaban pocos minutos para las doce. “¡Vamos, campeón, que es tarde y mañana tengo que madrugar!” arengó con dulzura. El perro, conocido por todos en el barrio debido a su alegre carácter y su buena educación, flexionó las patas traseras y acabó con el asunto. Su dueño se sintió orgulloso: le gustaba que las cosas se hicieran a su voluntad. Cuando compraron a Aquiles, fue él quien eligió la raza. Los animales grandes lo ponían ansioso. Prefería uno pequeño, que pudiese controlar fácilmente. Recogió los desechos de su perro, los tiró en un tacho de basura y volvió su mirada hacia el jacarandá de la otra punta de la plaza. Decidió acercarse. Cuando estuvo a pocos metros se detuvo para observarlo mejor. Miró a ambos lados para cerciorarse de que nadie lo estuviese viendo. Aquiles, desconcertado por la actitud de su dueño, ladró tímidamente.
– ¡Sh!
El animal hizo caso pero no bajó la guardia.

Ciertas coincidencias pueden ser hilarantes. Para Blas la fantasía de encontrar un portafolio en la vía pública era algo recurrente. Sin ir más lejos, hacía no más de una semana que, mientras se duchaba, había imaginado que al salir del trabajo encontraría un portafolio negro, lo abriría, y en el interior hallaría una suma exorbitante de billetes. Lo levantaba con disimulo, iba hasta su casa, metía algunas pertenencias en un bolso, se llevaba al perro sin dar aviso y partía directamente hacia el aeropuerto para escapar de la vida rutinaria que había construido junto a Carola. Si bien en este caso lo que había frente a sus ojos no era un portafolio sino una mochila, lo primero que pensó fue que su sueño se había cumplido.

Se fue acercando al fardo imaginando cuál de todos los lugares del mundo sería su primer destino. Pero mientras lo hacía, algunas inquietudes comenzaron a dar vueltas por su cabeza: “Tengo que proceder con calma. ¿Qué pasaría si esta mochila fuese robada? Ahora que lo pienso, lo más lógico es que lo sea…  agarrarla podría implicarme en el robo. ¿Y si está llena de droga? Posiblemente iría a la cárcel. ¿Si hay dinero en ella para el pago de un secuestro; o peor, una persona descuartizada?! Quizá el cierre tenga ántrax. Podría contener una bomba. Definitivamente, no puedo abrirla.”

Blas consideró que cualquiera de todas esas opciones resultaba más factible que la de su fantasía. Luego de tironear de la correa se fue con Aquiles, renunciando a la idea de fugarse con el tesoro de la mochila.

Al llegar a su casa notó que todas las luces estaban apagadas. Asumió que Carola dormía. Fue a la cocina y abrió la heladera. Sacó una botella de agua y bebió del pico. Sintió bienestar en su cuerpo. Se lavó las manos, los dientes y se fue a la pieza. El clima en la habitación era agradable, estaba templado. A tientas, se puso el pijama y se acostó junto a su mujer. “A veces es linda cuando duerme” pensó y besó su mejilla. El beso no pareció gustarle demasiado a Carola que, dormida, frunció un ojo, pasó la mano izquierda por donde Blas había posado sus labios y se dio media vuelta. Ese instante de rechazo bastó para que Blas se arrepintiese por no haber agarrado la mochila. “Posiblemente ahora alguien esté contando billetes y escogiendo destinos de viaje” supuso. Pronto, se quedó dormido.

Desde que su hija se fue a vivir sola, la casa se había vuelto aburrida. Blas se preguntaba si su mujer había sido siempre tan tediosa o se había vuelto así con el paso del tiempo. Nunca llegaba a una respuesta.

No volvió a pensar en la mochila al día siguiente, ni mientras saboreaba las tostadas que Carola había untado con ricota ni mientras tomaba el subte para ir al centro. Tampoco lo hizo en su trabajo o mientras masticaba las verduras al vapor que su esposa había preparado para la cena.
– No le pongas tanta sal –regañó ella, y él, apretando las muelas, volvió a colocar el salero sobre la mesa.

Cuando finalizó la novela, que miraban para no tener que hablar, Carola llevó los platos sucios a la cocina. Blas se detuvo a estudiar los soporíferos movimientos de ella; luego largó: “Voy a pasear a Aquiles”. Al pequeño perro se le iluminaron los ojos y comenzó a refregar sus orejas contra los tobillos de su dueño.

La acción siempre es más certera cuando se fantasea con ella. Pero la realidad posee matices que complejizan todo idilio.

Ya en la plaza, al pasar por el monumento, Blas recordó los sucesos del día anterior. Guiado por la inercia, volvió su rostro hacia el jacarandá sin esperanzas… pero para su sorpresa la mochila continuaba apoyada en el árbol. La disyuntiva sobre qué hacer con ella volvió a atacarlo, esta vez con mayor ferocidad. Con el pekinés amarrado apuró el paso. De pronto vio emerger a otro hombre de la oscuridad. Éste también había sacado a pasear a su perro: se trataba de un siberiano y lo llevaba suelto. Su corazón se estrujó ante la sola idea de que aquel desconocido abriese la mochila antes que él. Apuró el paso, con Aquiles a cuestas, se dirigió decidido. La urgencia precipita la acción, derriba dudas, quita el miedo. El extraño hombre del siberiano parecía no haber notado el bulto negro que ahora estaba a centímetros de Blas, quien apenas pudo lo agarró. Luego se paralizó, sus extremidades se entumecieron. Empezó a faltarle la respiración. ¿De qué caldos del infierno estaba hecha esa mochila? ¿Por qué sus dedos parecían arder? La piel de Blas se había ligado al objeto como una calcomanía: no podía abrirla ni soltarla. Sus palmas se fundían en la tela del mismo modo que la lana se adhiere a los cuerpos a causa del agua hirviendo. Desesperado, comenzó a gritar.

Ante el espectáculo febril Aquiles se exaltó, zafó de la correa y se largó a correr. Su dueño no lo volvió a ver; estaba ocupado con el asunto de la mochila. Pasmado por el episodio, el hombre del siberiano se acercó a Blas, quien finalmente logró abrirla. No encontró dinero. En realidad, no había nada.

Sumido en una repentina desánimo, ignoró al hombre del siberiano parado a su lado. Recordó a su pekinés e intentó ubicarlo, pero fue en vano.
-¡Aquiles! ¡Aquiles! – gritó. Pero Aquiles no apareció.  -¡Aquiles!– espetó desbordado. Ya estaba muy lejos.

Blas juntó la correa y, como si se tratara de una corbata, la anudó a su cuello. Miró su reloj pulsera y se largó a caminar. No quería preocupar a Carola llegando tarde. Sobre el lienzo que el otoño había pintado la mochila vacía no representaba ningún misterio.

 

Por María Belén Vázquez

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